
PERDIENDO LA OBJETIVIDAD
El reciente conocimiento sobre el reclutamiento de ciudadanos bolivianos en las filas del ejército ruso para combatir en el conflicto bélico contra Ucrania encendió las alarmas en la opinión pública nacional. La justificada preocupación por el destino de compatriotas—muchos de ellos captados en condiciones de vulnerabilidad económica—ha copado las portadas de los principales medios de comunicación en el país.
Sin embargo, el abordaje de esta compleja realidad desnudó una falencia persistente en nuestro ecosistema informativo: la preocupante pérdida de objetividad y la alarmante falta de perspectiva histórica por parte de los medios de comunicación tradicionales.
La narrativa predominante construyó un relato de indignación selectiva. Se presenta la captación de combatientes extranjeros por parte de Moscú como una anomalía inédita y un síntoma exclusivo de la brutalidad de su sistema.
Si bien informes de organizaciones como Truth Hounds apuntan a graves irregularidades que rozan la trata de personas y la explotación en el frente, esta dinámica no es, en absoluto, ajena a la historia de los conflictos modernos.
Lo que los grandes titulares omiten de forma sistemática es que las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, han perfeccionado y ejecutado estas mismas prácticas de reclutamiento foráneo desde el siglo XIX.
Históricamente, la instrumentalización del migrante como carne de cañón fue un pilar estratégico. Durante la Guerra Civil estadounidense, cerca del 20% de las fuerzas de la Unión eran nacidas en el extranjero, una proporción similar a la registrada en la Primera Guerra Mundial.
Más cerca en el tiempo, la Guerra de Irak formalizó la privatización del conflicto a través de Compañías Militares Privadas como Blackwater, donde decenas de miles de contratistas y mercenarios latinoamericanos y globales operaron en zonas grises de la legalidad, cometiendo abusos flagrantes con total impunidad. Hoy mismo, la «Legión Internacional» de Ucrania recluta abiertamente a ciudadanos de todo el mundo mediante plataformas oficiales.
¿Por qué, entonces, la maquinaria mediática local decide horrorizarse ante la estrategia rusa mientras guarda un sepulcral silencio sobre el historial de Washington? La respuesta se halla en la alineación geopolítica del actual gobierno boliviano, marcadamente afín a los intereses de la Casa Blanca, una simpatía que parece contagiar la línea editorial de los medios tradicionales.
Al replicar sin filtros la agenda de las agencias internacionales que no comparten la filosofía de Rusia, el periodismo local renuncia a su deber de investigar. Se sesga la información porque impera una máxima implícita: a los Estados Unidos se le sugiere o se le justifica; a Rusia se le condena sin matices.
Es imperativo que el periodismo nacional recupere su brújula ética. Denunciar las irregularidades y los riesgos que corren los bolivianos en el frente ruso es una obligación humanitaria inexcusable.
Pero hacerlo ocultando el contexto global y omitiendo que el reclutamiento de extranjeros es una práctica estándar del imperialismo occidental no es informar, es hacer propaganda.
La objetividad no consiste en callar ante los abusos de un bando para magnificar los del otro; consiste en medir a todas las potencias con la misma vara crítica. El público boliviano merece una prensa que investigue los hilos del poder global, no una que se limite a reproducir sesgos prefabricados.



