
DEL CIELO AL SUELO
La política latinoamericana suele caracterizarse por mutaciones abruptas, pero pocas dinámicas resultan tan reveladoras como la vertiginosa caducidad de los afectos en las cúpulas de poder. En el universo del marketing electoral, donde los discursos se moldean a la medida de la victoria y la diplomacia personal se confunde con la estrategia, la distancia entre el aplauso estruendoso y el desdén definitivo suele ser infinitamente más corta de lo que sus protagonistas intuyen.
El caso de Fernando Cerimedo constituye un retrato nítido de este fenómeno. Tiempo atrás, tras el triunfo electoral de la fórmula de Paz Pereira, el consultor político celebraba no solo un hito técnico, sino lo que calificaba como una gesta doctrinaria.
En su alocución, cargada de una efervescencia que rayaba en “ruidosa” autopromoción, Cerimedo no escatimó palabras para descalificar a los sectores de izquierda, catalogando la contienda como una «batalla muy dura» que lograba desplazar «veinte años de socialismo».
Aquel discurso no solo reflejaba la visión maximalista de un operador que pretendía erradicar ideologías del mapa gubernamental —asegurando que «no se trata de ganar elecciones… si no ayudamos a gobernar a nuestros candidatos para que nunca más la izquierda vuelva, nuestro trabajo no va a estar terminado»—, sino que también ostentaba con marcado orgullo una estrecha proximidad con la intimidad del poder.
La mención directa y afectuosa a la primera dama boliviana, Vivi, y a su hija Catalina Paz —a quien catapultaba públicamente como el rostro de «la nueva generación de consultores»— buscaba proyectar una simbiosis indivisible entre el estratega y la familia presidencial. Era la escenificación perfecta del éxito: cercanía, jerarquía y la ilusión de un legado compartido.
Sin embargo, la política real no se rige por la narrativa de las tarimas ni por la vanidad de los micrófonos. Hoy, la realidad muestra un panorama drásticamente contrastante. Aquel estratega de confianza, que se atribuía la arquitectura del triunfo y pregonaba un blindaje ideológico para garantizar la permanencia en el gobierno, se encuentra posicionado en la vereda del frente.
La sintonía perfecta dio paso al distanciamiento, y las loas públicas quedaron sepultadas bajo el peso de la coyuntura y las inevitables discrepancias del ejercicio gubernamental.
Este viraje institucional deja lecciones indispensables para el análisis periodístico y ciudadano. En primer lugar, evidencia la peligrosa ligereza con la que se confunden los roles de la consultoría técnica y la gestión de Estado.
Ganar elecciones, como sugería el propio Cerimedo antes de desdibujar su premisa, es solo el umbral. Pretender que una campaña victoriosa otorga patente de corso para perpetuarse en el entorno presidencial es desconocer la fragilidad de las alianzas políticas.
En segundo lugar, el tránsito «del cielo al suelo» que experimenta Cerimedo expone las consecuencias inevitables de la soberbia en la comunicación pública. Adjetivar con beligerancia a los rivales y vanagloriarse de una cercanía casi familiar con el poder ejecutivo suele ser una receta para la vulnerabilidad.
Cuando las dinámicas cambian, quienes se ubicaron en el pedestal de la victoria son los primeros en sentir el impacto de la caída.
El análisis respetuoso pero riguroso de estos acontecimientos nos obliga a recordar que en el ajedrez político las lealtades suelen ser tan volátiles como los contratos de asesoría. Del cielo al suelo hay un solo paso, un trecho que se recorre velozmente cuando se olvida que el poder institucional no pertenece a los estrategas, sino al pueblo que lo delega.



