
LA BAJADA A MULLU PUNKU ES PARTE DE LA FIESTA
Todavía no amanece completamente, pero la carretera hacia La Puerta se torna más concurrida que de costumbre. Algunos avanzan caminando; otros lo hacen en vehículos, formando largas filas cuya única intención es llegar al santuario de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola.
Familias enteras emprenden el mismo recorrido que, durante generaciones, condujo a miles de devotos hasta Mullu Punku (también conocido como Wayk’u Punku), donde cada agosto comienza uno de los momentos más significativos de Ch’utillos. Antes de que aparezcan las grandes fraternidades, antes de que la ciudad celebre la entrada folclórica, la fiesta ya ha comenzado.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la imagen de Ch’utillos terminó concentrándose casi exclusivamente en la entrada folclórica y autóctona que se celebra en la ciudad.
Paradójicamente, el expediente con el que Bolivia logró la inscripción de la festividad en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad reconoce que su valor reside precisamente en un conjunto mucho más amplio de prácticas: la peregrinación al santuario, las ceremonias, la música, la gastronomía, la organización comunitaria y la transmisión de saberes entre generaciones (UNESCO, 2023).
La puerta donde comienza el encuentro
La quebrada de La Puerta en San Antonio, es el núcleo histórico y espiritual de Ch’utillos, su propio nombre conserva la memoria del territorio: Mullu Punku, o Wayk’u Punku, denominaciones que remiten tanto al paisaje como a la antigua relación simbólica que las comunidades andinas establecieron con este espacio (Chacón Torrez, 1995).
En este lugar convergen las imágenes de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola con prácticas rituales cuya profundidad histórica excede la llegada del cristianismo. Walter Zabala Ayllón (2008) sostiene que la festividad es uno de los ejemplos más representativos del sincretismo potosino, donde las devociones católicas conviven con antiguas concepciones andinas vinculadas al territorio, la fertilidad y la reciprocidad.
Esta interpretación coincide con la descripción realizada por la UNESCO (2023), que define a Ch’utillos como un “encuentro de culturas” donde las ceremonias católicas se articulan con ofrendas a las waq’as sagradas y con el inicio de un nuevo ciclo agrícola para numerosas comunidades del entorno potosino.
Caminar también es un ritual
La antropología ha demostrado que muchas peregrinaciones adquieren significado no solamente por el lugar al que conducen, sino por el propio recorrido. Victor Turner (1969) explica que los desplazamientos rituales generan espacios de convivencia donde la comunidad experimenta formas particulares de solidaridad y pertenencia.
De acuerdo a las entrevistas realizadas a pobladores de San Antonio, permiten reconstruir una memoria que todavía permanece viva. Ambrocio Arando recordaba que, antes de la Reforma Agraria, los pasantes descendían desde la ciudad acompañados por caravanas de mulas cargadas con alimentos, bebidas e insumos destinados a sostener varios días de celebración (Arando Bobarín, 2008).
El recorrido era acompañado con música autóctona acompañado por zampoñas, caja y clarín, hoy las acémilas fueron sustituidas por vehículos donde los pasantes y peregrinos se trasladan hasta el santuario, sin embargo, el acto de caminar hacia La Puerta continúa conservando un profundo significado para miles de devotos que convierten el trayecto en parte inseparable de la experiencia festiva.
Cuando una comunidad baja junta
Si bien Ch’utillos se celebra en agosto, la bajada es solo una actividad de las decenas de actividades que se realizan a lo largo del año mucho antes del inicio formal de la fiesta. Los pasantes asumen responsabilidades durante todo el año. La preparación implica el rodeo para garantizar los arcos de plata, los cargamentos, las llamas que serán sacrificadas, la elaboración de la chicha, la preparación de la comida y otros elementos que son parte de la fiesta.
Nada de ello respondía únicamente a un compromiso religioso, constituía una forma de reciprocidad profundamente arraigada en la organización comunal (Tapia Vargas, 1998).
En San Antonio, la secuencia festiva (Entrada de Velas, Uchuchiku, Platolaqi y Cacharpaya) estructuraba cuatro jornadas donde alimentación, música, danza y convivencia formaban parte de un mismo proceso cultural (Benavidez, 2008).
Las entrevistas realizadas a Roberta Callapino, José Benavidez y Leandro Fuertes coinciden en señalar que el santuario reunía no solamente a los habitantes del lugar, sino también a pobladores de comunidades vecinas y de la propia ciudad de Potosí, fortaleciendo vínculos familiares y comunitarios que trascendían el acto religioso. (Ivert Elvis Fuertes Callapino/es socio de número de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí – SIHP.



