
LA FIESTA DONDE POTOSÍ ENSEÑA SU IDENTIDAD A LOS NIÑOS
Hay tradiciones que sobreviven porque se conservan en los libros, en los archivos o en los museos. Otras permanecen vivas de una manera diferente: porque alguien las enseña y alguien más aprende a reproducirlas. En Potosí, cada año, una multitud de niñas y niños se convierte en protagonista de una de esas formas de transmisión cultural.
Mini Ch’utillos no es simplemente una versión infantil de la gran festividad de San Bartolomé. Es un espacio donde la niñez se aproxima a la música, la danza, la vestimenta, las costumbres y las expresiones culturales que forman parte de la identidad potosina. Allí, aprender una danza significa también aprender algo sobre el territorio del que esa danza proviene.
Fiesta que nació en un jardín de niños
La historia de Mini Ch’utillos se remonta a 1990, cuando el Jardín de Niños Andrea Arias y Cuiza organizó, con motivo del centenario de la institución, una primera entrada infantil. El 12 de agosto de aquel año participaron alrededor de veinte establecimientos del nivel inicial. La iniciativa tuvo continuidad y fue creciendo hasta convertirse en una de las expresiones infantiles más singulares del calendario festivo potosino.
El origen institucional es importante, pero no explica por sí solo la permanencia de la celebración. Lo verdaderamente significativo es que aquella iniciativa encontró una comunidad dispuesta a reproducirla año tras año. Con el tiempo, Mini Ch’utillos dejó de ser solamente una actividad de un establecimiento educativo para convertirse en un espacio de participación de numerosas unidades educativas, instituciones y agrupaciones infantiles.
Los niños no solamente participan, aprenden
Cuando una niña aprende los pasos de una danza o un niño se coloca por primera vez una vestimenta tradicional, está realizando algo más que una actividad recreativa, está entrando en contacto con un conjunto de conocimientos que pertenecen a una comunidad.
La preparación de una entrada implica ensayos, música, vestuario, organización, acompañamiento familiar y convivencia. Todo ello constituye una experiencia de aprendizaje cultural.
Esta dimensión adquiere particular importancia si comprendemos el patrimonio cultural inmaterial como algo que no permanece estático, sino que se transmite y recrea de generación en generación. La Convención de la UNESCO de 2003 reconoce precisamente el carácter vivo de estas manifestaciones.
En el caso de Ch’utillos, UNESCO señala que los conocimientos y habilidades asociados a la festividad se transmiten de manera informal, oralmente y mediante la participación en las celebraciones. En ese sentido, Mini Ch’utillos representa, un escenario privilegiado para esa transmisión.
Pequeña entrada que representa un gran territorio
Uno de los aspectos más interesantes de Mini Ch’utillos es su capacidad para reunir expresiones provenientes de distintos lugares. En versiones recientes participaron decenas de fraternidades infantiles, incluyendo delegaciones de municipios y localidades del departamento de Potosí. En 2024, por ejemplo, se registró la participación de 41 fraternidades, con grupos invitados de lugares como Cotagaita, Betanzos y Porco.
La diversidad de danzas permite que las calles de la ciudad se conviertan temporalmente en una representación de la diversidad cultural del departamento.
Así, una niña que baila una danza propia de determinada región y otro niño que interpreta una expresión diferente están mostrando que Potosí no posee una sola identidad cultural. Es un territorio construido por múltiples comunidades, memorias, músicas y formas de comprender el mundo.
Bailar también es aprender
La transmisión cultural no ocurre solamente cuando un maestro explica el significado de una tradición. También sucede cuando los niños observan, imitan, ensayan y participan.
Por eso, el valor de Mini Ch’utillos no debería medirse únicamente por la cantidad de fraternidades o participantes. Su verdadera importancia está en aquello que ocurre detrás del desfile: padres que ayudan a preparar un traje, maestros que enseñan una coreografía, músicos que acompañan los ensayos y niños que descubren una expresión cultural que probablemente volverán a practicar cuando sean adultos.
En 2024, la organización reportó cerca de 4.000 niñas y niños participantes, mostrando la dimensión que ha alcanzado esta manifestación. Vista desde la dimensión educativa, la entrada se convierte en una verdadera aula abierta.
Del Mini Ch’utillos al patrimonio vivo
En 2023, la UNESCO inscribió a la festividad de Ch’utillos, Fiesta de San Bartolomé y San Ignacio de Loyola, en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La organización internacional reconoce su importancia como parte de la identidad cultural de Potosí y destaca su carácter de encuentro entre diferentes culturas y comunidades.
Esta declaratoria plantea también una responsabilidad: el patrimonio no puede limitarse a ser exhibido; necesita ser transmitido y salvaguardado.
En ese contexto, Mini Ch’utillos adquiere un significado especial. Si Ch’utillos es patrimonio vivo, la niñez constituye una de las generaciones que tendrá la responsabilidad de mantenerlo vivo en el futuro.
La fiesta que prepara el futuro
Tal vez la mayor virtud de Mini Ch’utillos sea que no intenta enseñar patrimonio mediante discursos complejos, lo hace mediante la experiencia.
Los niños aprenden caminando por las calles, escuchando la música, reconociendo los trajes, compartiendo con sus compañeros y sintiéndose parte de una celebración que pertenece a su ciudad.
Una tradición permanece cuando encuentra nuevos portadores. Y cada niña y cada niño que participa en Mini Ch’utillos puede convertirse, sin saberlo todavía, en uno de ellos.
Por eso, más que una “mini” entrada, Mini Ch’utillos representa una enorme tarea cultural: enseñar a las nuevas generaciones que la identidad no es solamente aquello que heredamos, sino aquello que aprendemos, vivimos y decidimos transmitir. (Ivert Elvis Fuertes Callapino/ es socio de número de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí – SIHP).



