
EDUCACIÓN PATRIMONIAL PARA RECONCILIAR A POTOSÍ CON SU HISTORIA
Caminar por los callejones empedrados de la Villa Imperial de Potosí es internarse en los cimientos mismos de la modernidad occidental. En los siglos XVI y XVII, las entrañas del Cerro Rico no solo financiaron las arcas del Imperio Español y dinamizaron las rutas comerciales hacia Europa y Asia, sino que convirtieron a esta urbe en la matriz de la economía global y en una de las metrópolis más pobladas y prósperas del planeta.
No obstante, el paso de los siglos y la rutina cotidiana generaron una paradójica brecha urbana: los herederos de semejante hito histórico suelen transitar a diario por sus plazas, portadas mestizas y templos barrocos sin advertir el inestimable valor del entorno en el que habitan.
Frente a este adormecimiento de la memoria colectiva surge una propuesta transformadora. Diseñado e impulsado por la licenciada Sheila Beltrán, el proyecto «Redescubrir Potosí» cumple una década de labor ininterrumpida golpeando las puertas de las unidades educativas y de las instituciones locales.
La iniciativa busca desestabilizar la indiferencia y motivar a la población a reconectarse con el legado cultural, arquitectónico e histórico de una ciudad que cambió el rumbo del mundo.
Origen de una inquietud patrimonial
La génesis de «Redescubrir Potosí» se remonta al año 2016. Tras concluir su etapa laboral en la emblemática Casa Nacional de Moneda, la licenciada Beltrán se enfrentó a una interrogante fundamental que interpela a todo profesional comprometido con su entorno: ¿cómo transmitir a la ciudadanía común el inmenso potencial histórico que custodia la ciudad? La respuesta no estuvo en los manuales de promoción turística convencional, sino en el terreno de la educación ciudadana.
Al diagnosticar la realidad local, Beltrán advirtió un fenómeno tan sutil como alarmante. Una parte sustancial de las nuevas generaciones de potosinos vive al margen de su propio patrimonio.
Estudiantes, jóvenes e inclusive adultos transitan en su rutina diaria entre la casa, el colegio o el trabajo sin reparar en el nombre ancestral de las calles que pisan, desconociendo la simbología de las fachadas coloniales, los mitos que envuelven a sus plazuelas o el origen de la riquísima tradición gastronómica local.
La riqueza monumental de la urbe corre el riesgo de convertirse en un paisaje transparente: algo que está ahí físicamente, pero que nadie observa ni comprende.

Turismo vs. Educación Patrimonial
Uno de los aportes teóricos y analíticos más lúcidos del proyecto de Sheila Beltrán radica en trazar una frontera conceptual entre el turismo comercial y la educación patrimonial.
El turismo, por su propia naturaleza de mercado, constituye una industria enfocada en empaquetar, promocionar y vender un destino hacia el visitante externo. Si bien genera ingresos económicos, no garantiza por sí mismo que el habitante local aprecie o cuide el lugar que habita.
De hecho, cuando el turismo no está respaldado por una base comunitaria consciente, corre el peligro de reducir la historia a un simple souvenir o a una escenografía de consumo efímero.
Por el contrario, la educación patrimonial no busca «vender» la ciudad, sino revalorizarla desde adentro. Se enfoca en el poblador local, en el ciudadano de a pie, en el estudiante que habita el territorio.
Su meta es pedagógica, identitaria y afectiva: enseñar a leer la ciudad para generar sentido de pertenencia. Un ciudadano que comprende la significación histórica de su entorno deja de ser un espectador pasivo y se transforma en un custodio activo de su patrimonio.


