
MOMENTO DE AUTOCRÍTICA

El ejercicio del periodismo atraviesa una de las transformaciones más complejas de su historia reciente. En medio de la vorágine digital y la prisa por capturar audiencias, no pocos profesionales terminaron por deslizarse hacia la categoría de «creadores de contenido», descuidando en el camino aquel credo donde la ética no es un enunciado abstracto, sino una filosofía de vida.
Con frecuencia, nos hemos acostumbrado a señalar la paja en el ojo ajeno sin reparar en la viga que atraviesa el propio. Pregonamos la moral hacia afuera, pero la relegamos al olvido cuando la mirada debe dirigirse hacia adentro.
En ese afán por figurar, algunos sectores de la prensa asumieron posturas casi omnipotentes, erigiéndose en jueces mediáticos capaces de sentar en el banquillo de los acusados a quien consideren conveniente. Desde esa tribuna se descarga una artillería de adjetivos y juicios de valor antes de que la justicia institucional pronuncie un veredicto.
Quienes actúan con tal severidad suelen pasar por alto un detalle fundamental: la coherencia personal. Resulta francamente insostenible exigir la aplicación implacable de la ley sobre terceros cuando, en el fuero privado, se echó mano de influencias o favores para eludir responsabilidades similares. Si el periodista tiene el deber ineludible de denunciar el delito, también debe tener la hidalguía de asumir sus propios actos y someterse a la norma cuando le corresponda.
Esta fragilidad ética se manifiesta de múltiples maneras. Resulta contradictorio rasgarse las vestiduras en nombre de la libertad de expresión mientras, en la trastienda de los periodos electorales, se fijan tarifas desproporcionadas por entrevistas, aprovechando la coyuntura bajo la máxima del «río revuelto». De la misma forma, se observa un doble criterio preocupante al juzgar el paso de los colegas por la función pública: se estigmatiza de manera encarnizada a quien asume un cargo estatal en una gestión determinada, pero se guarda un silencio complaciente cuando la convocatoria proviene de un gobierno afín.
Lo propio ocurre con la fiscalización de los recursos públicos. Durante años se denunció con vehemencia la asfixia económica a través del manejo discrecional de la pauta publicitaria en pasadas administraciones; no obstante, cuando el flujo de los fondos estatales beneficia hoy únicamente a un entorno privilegiado, la crítica desaparece y la realidad parece teñirse de un cómodo «color de rosa».
La incoherencia se refleja de igual modo en el ámbito institucional. Exigimos diálogo y concertación a los actores políticos como la única vía para desmontar el extremismo, pero el propio gremio permanece fragmentado, incapaz de superar rencillas para unificar representación departamental. A ello se suma la persistencia de prejuicios regionalistas que afloran cuando profesionales del interior asumen responsabilidades en el ámbito local, obviando que el mérito y la capacidad deben primar sobre el lugar de origen.
Finalmente, la competencia leal también fue erosionada. El dinamismo de la prensa exige disputar los lectores en la cancha de la calidad informativa, la investigación rigurosa y el respeto a los formatos, entendiendo que la naturaleza de un semanario jamás competirá bajo las mismas reglas que un diario de diaria circulación. Pretender anular al rival mediante presiones o maniobras debajo de la mesa desnaturaliza la profesión.
La credibilidad del periodismo no se impone desde el pedestal de la infalibilidad, sino que se construye, día a día, con la honestidad de reconocer nuestras propias contradicciones.


